Buscábamos un sitio diferente para ir con las herederas y Doña Turieta, que cuando se pone a investigar restaurantes no le entra la pereza, apareció con este invento en pleno centro de Valencia, al ladito de Colón.
Aquí la movida consiste en sentarte y esperar a que una cinta transportadora vaya pasando platos delante de tus narices. Mayormente sushi, aunque también circulan otras cosas. Tú miras fijamente el plato, calculas la trayectoria, abres el ventanuco y ¡zas!, pa dentro. Es como pescar, pero en vez de una trucha sacas un nigiri
Por 26,95 € + bebida (fin de semana) puedes ponerte hasta arriba con esa peligrosa sensación de que todavía cabe uno más. Spoiler: siempre cabe, hasta que llega el momento en que el botón del pantalón adquiere voluntad propia y sale disparado.
Y aquí viene una de las mayores tontás de la experiencia: la bebida te llega en un trenecito que se planta en tu mesa como si fuera el Orient Express de los refrescos. Chucu-chú, Coca-Cola. Una maravilla ferroviaria.
Si lo que va pasando por la cinta no te convence, puedes pedir platos adicionales y te los trae el mismo sistema, aunque algunos llevan suplemento.
¿Está bueno? Pues mira, no vas a descubrir aquí el sushi de tu vida, ni probablemente vayas a salir pensando que acabas de presenciar un milagro gastronómico japonés. Pero tampoco se trata de eso. La gracia está en la experiencia: sentarte, ver desfilar comida delante de ti, levantar compuertas como un funcionario del ayuntamiento y comer hasta que tu organismo empiece a lanzar señales de stop.